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El rostro del otro

«El modo por el cual se presenta el otro, que supera la idea de lo otro en mí, lo llamamos, en efecto, rostro. (…) EL otro abre la posibilidad de la trascendencia. El tener el rostro del otro frente a uno mismo genera un sentimiento de compromiso. (…) El otro no es alguien a quien, primeramente, se contempla, sino alguien al que se responde. (…) Solo cuando pretendo conocer al otro como tal, accedo a su alteridad, a lo que yo no soy» (Levinas).

 Byung-Chul Han en «La expulsión de lo distinto» considera que en las sociedades contemporáneas, el otro como «amigo», el otro como «infierno», el otro como «misterio», el otro como «deseo» van desapareciendo, dando paso al «infierno de lo igual».  Pero, ¿Quién es el otro?, ¿quién es otro? Probablemente muchos responderán haciendo referencia a «lo distinto», a lo que se presenta como igual a uno mismo, y, al mismo tiempo, radicalmente «de-otro-modo».

En efecto, cabe pensar que existe otro porque uno mismo es «yo» y al mismo tiempo «de-otro-modo». Por ello, preguntarse por el otro es, de alguna manera, preguntarse por uno mismo («Sí mismo como otro» diría Paul Ricoeur). «El otro soy yo. La afirmación del otro es mi propia autoafirmación. Mi propia autoafirmación es la afirmación del otro» (Mónica Cavallé). El otro es precisamente eso, otro. Una voluntad diferente, distintas intenciones, etc. La libertad del otro parece reducir la mía propia, ese es el drama de la existencia. El otro parece ser el causante de mi dolor en tanto que se resiste a doblegarse a mis anhelos (Ignacio Montero Cotán). Sin duda, visto de esta forma, el otro aparece como fuente de sufrimientos, pero también de algo maravilloso.

Si bien cada voluntad busca libremente su propio interés, vagando, siendo aparentemente «opuestas»; pareciera que entonces sucede algo que lo cambia todo. Una especie de destello encumbra la realidad, y ocurre que dos voluntades (dos rostros) diferentes, independientes y libres deciden entregarse sin reservas el uno al otro, derribando todos los muros que le separaban. La humanidad aparece como un fogonazo de esperanza. Y en la intimidad de ese acto, la lucha, la oposición, se tornan en belleza; y la frustración en llanto de emoción. Porque sólo en la veracidad de esa entrega el ser humano comprende que no está hecho para imponer su voluntad, sino para amar y ser amado. Darse cuenta de que el otro tiene rostro, un rostro «otro», fundamenta la propia trascendencia. 

«La alteridad es previa al yo; no se constituye en él, sino que nos sale al encuentro. (…) Me dirijo al otro, lo escucho porque me interesa conocerlo para, a la vez, conocerme un poco mas a mí mismo como distinto» (Levinas).

Immanuel Kant, reflexionando sobre los presupuestos y condiciones de posibilidad de una «paz perpetua» universal entre los países, sostiene que las relaciones humanas se mueven en el plano de lo social y antisocial;  de esta tensión nace lo que él denomina la «insociable sociabilidad» del hombre. Quizás no le falte razón. A diferencia de Rousseau y en consonancia con Hobbes, Kant consideraba que la lucha (la oposición) tiene raíces en la naturaleza humana. En tal estado de lucha, el rostro del otro inspira desconfianza, miedo, amenaza, etc. Este estado de naturaleza es un estado de guerra, donde el principal objetivo es garantizar la propia seguridad y supervivencia, aunque eso signifique destruir al otro. Un otro que aparece siempre como competidor, como obstáculo, como enemigo.

A este respecto, Kant entiende que la paz, esto es, el reconocimiento (respeto, consideración) del otro como otro y no como un enemigo, no es lo natural entre los hombres (otros pensadores sostienen que el «oposición», como tal, es una realidad derivada, que lo originario es reconocer el rostro del otro), sino una «conquista de su voluntad consciente». Pareciera que a través del antagonismo (del no reconocer el rostro del otro) surge la armonía (incluso contra la voluntad de los hombres). La libertad que reconoce el rostro del otro aparece entonces como «la autodeterminación racional del hombre» (Kant). Lo mismo ocurre con la igualdad, la justicia, etc.

«La mejor manera de encontrar al otro es no caer en la cuenta ni del color de sus ojos» (Levinas).

«La relación con el otro instaura el sentido, la racionalidad y, en definitiva, lo humano» (Levinas).

Volviendo a lo de la «insociable sociabilidad» del hombre, vemos cómo filósofos como Jean Paul Sartre, para quien «el infierno son los otros», «el infierno es la mirada (el rostro) del otro»; se posicionan del lado de la insociabilidad. Hegel  veía al otro desde su dialéctica «amo esclavo». Marx por su parte,  vio que el otro era la causa de sus desgracias y definió la historia como una «lucha de clases». Freud entendió que el otro resulta problemático para la propia satisfacción sexual.  Otros filósofos como Martin Buber, por ejemplo, se posicionan del lado de la «sociabilidad» cuando habla de “estar-dos-en-reciproca-presencia”. Entienden que solo cuando el sujeto (individuo) reconozca al otro en toda su alteridad como se reconoce a sí mismo, como hombre o mujer, y marche desde este reconocimiento al encuentro del otro, habrá roto su soledad en un encuentro riguroso y transformador.

Sólo en el encuentro entre personas se da una auténtica y verdadera relación que supera cualquier tipo de individualismo y colectivismo. Heidegger consideraba que el otro es la «mismidad», y por eso el hombre es un «ser-con-otro». Para Merleau-Ponty el otro es el «fundamento para la existencia del sujeto». Lacan por su parte, considera que desde el otro es que el sujeto posee un lenguaje y es desde el otro que el sujeto piensa; «el sujeto es hablado/pensado por el otro». Paul Ricoeur habla del «sí mismo como otro» y sugiere, en principio, que la «ipseidad» del sí mismo implica la alteridad en un grado tan íntimo que no se puede pensar en una sin la otra, que una pasa más bien a la otra.

«El otro debe ser acogido independientemente de sus cualidades, si se le quiere acoger como otro. Porque antes de conocerlo, estoy emplazado a responder de él.» (Levinas). 

Para Levinas el otro es la diferencia y desde esa diferencia interroga, se hace «epifanía» ( epifanía del rostro como visitación que instaura la proximidad); hay conocimiento moral cuando le veo la cara al otro. Levinás hace una analítica del rostro, el rostro me abre siempre al infinito. El otro tiene rostro y es rostro. Rostro que me interpela desde su desnudez y miseria. La responsabilidad por el otro (es anterior a la propia libertad) rompe la tranquilidad satisfecha del yo-en-sí (Carmen López). El otro de Levinas se presenta de esta manera, cara-a-cara, como experiencia original de la alteridad y de la donación de sentido. 

«Si se pudiera poseer, aprehender y conocer al otro, no sería otro, ya que poseer, conocer, aprehender son sinónimos de poder» (Levinas).

Referencias

  • Lévinas Gurvic, E. (1987). De otro modo que ser, o más allá de la esencia (quinta ed.). Barcelona: Ediciones Sígueme. Recuperado el 8 de febrero de 2019
  • Buber, M. (2017). Yo y tú. Barcelona: Herder Editorial. Recuperado el 6 de febrero de 2019
  • Domingo Moratalla, T., & Domingo Moratalla, A. (2013). La ética hermanéutica de Paul Ricoeur . Hermes .
  • Han, B.-C. (2017). La expulsión de lo distinto: Percepción y comunicación en la sociedad actual. Barcelona: HERDER. Recuperado el 5 de febrero de 2019
  • Husserl, E. (2000). Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica. Ciudad de México: UNIVERSIDAD NACIONAL AUTONOMA DE MEXICO.
  • Kant, I. (1998). Sobre la paz perpetua. (J. Luca de Tena, Ed.) Madrid: EDITORIAL TECNOS, S.A. Recuperado el 5 de febrero de 2019
  • Lévinas Gurvic, E. (1993). El tiempo y el otro. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica. Recuperado el 8 de febrero de 2019
  • Lévinas Gurvic, E. (2000). Ética e infinito (Segunda ed.). Madrid: Antonio Machado Libros. Recuperado el 5 de febrero de 2019
  • Ricoeu, P. (1996). Sí mismo como otro. Madrid : Siglo XXI. Recuperado el 8 de febrero de 2019
  • Sartre, J.-P. (1944). A puerta cerrada.

                                                                                                                                                                                                              Andrés Canuto E. Echube

2 Comentarios

  1. Muy chulo. Un.poco largo. Ya hablamos del tema con nuestro amigo El Filósofo…

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