Jacint Creus —autor de cuyos últimos estudios publicados sobre Guinea Ecuatorial me sirvo para reflexionar sobre este día—, en un intento por establecer un paralelismo antitético (colonización, poscolonización y ejercicio del poder), sostiene que la historia colonial de Guinea Ecuatorial presenta, entre otras muchas características, una realmente significativa: la mediocridad de los que la rigieron sobre el terreno. Una mediocridad espléndida para el investigador, porque aquellos dirigentes, incapaces de sospechar el sentido de la Historia que protagonizaban, actuaron siempre de una forma primaria, meridiana y clara, expresando sin tapujos sus pretensiones, seguros de su impunidad «ante la Historia». Gobernar, para ellos, nunca fue una forma de articular la sociedad que ya existía, sino una estrategia para sustituirla por otra distinta, «al gusto», según el propio «sueño».

Después de 190 años de presencia ‘vigilante y amorosa’ de España en Guinea Ecuatorial, el 12 de octubre de 1968, a las 12 del mediodía, D. Manuel Fraga Iribarne, jerarca de un régimen vergonzoso, arribaba en Santa Isabel (hoy Malabo) la bandera de una España que todavía se proclamaba imperial (J. Creus). La situación iniciada aquel «día de la raza» presentaba ante la opinión pública la culminación del proceso hacia la independencia de un nuevo Estado africano. Un claro ejemplo de «democratización», paradójicamente protagonizado por enemigos confesos de todas las libertades, las de las personas y las de los pueblos (J. Creus). Lo cierto es que «la etapa democrática» duró poco: en su lugar, una nueva barbarie vio la luz, tan vergonzosa como la etapa precedente, tan poco edificante como lo había sido el conjunto del proceso (Alicia Campos Serrano). Un poder que había cambiado de «color» pero no de concepción: un poder que siempre ha entendido su relación con la población como el resultado de la exigencia a una adhesión, exento de responsabilidad, suficientemente justificado por el mero hecho de existir, «providencial» y, por lo tanto, no criticable, no mejorable, no susceptible de oposición, no sustituible salvo por un acto de traición a la «patria». Ninguna variación a conllevado un cambio (J. Creus). En este contexto, «parecer adicto», pasa a ser el primer paso para «llegar a ser tenido en cuenta». Igual que ocurría en la época colonial, solo hay una nación, una verdad, y más contemporáneamente, ¿un partido?, la proximidad al cual permite «tener acceso a».

La respuesta a la pregunta de si en estos 50 años de soberanía hemos acertado o fracasado como país  la hemos de encontrar volviendo al espíritu manifestado en los grandes ideales que animaron a los «precursores o padres de nuestra independencia» y ver en qué se ha traducido el ser «independientes». Para ello, bastaría con establecer un paralelismo antitético o, tal vez, un paralelismo progresivo entre el período colonial y poscolonial para ver si el acceso a la independencia ha supuesto una ruptura con la lógica colonial de servidumbre (de amos y súbditos) y ha conducido a un Estado de ciudadanos libres e iguales. Si la respuesta a esa doble pregunta es no, es decir, que «todo» sigue igual o peor que antes de la firma del acta de independencia, entonces tenemos un problema. Sería la inexorable constatación de que hemos fracasado como país. Supondría la confirmación de que las cosas no se están haciendo como se debería o se idearon en un primer momento, lo que se traduciría en la necesaria búsqueda de fórmulas o mecanismos de acción que nos ayudaran a revertir la maltrecha situación.

Si, por el contrario, y a pesar de las evidentes «sombras» del devenir de nuestra historia, la respuesta a la doble pregunta es que hemos acertado en nuestras decisiones como país independiente, entonces, habrá que seguir trabajando en la misma línea otros 50 años más. Seguir trabajado por una mayor cohesión social,  avanzando en materia de libertades y de igualdad de oportunidades, de equidad, etc.

Es evidente que para los que consideran que sigue habiendo enormes lagunas en nuestra historia, solo empezará a tener sentido celebrar el 12 de octubre cuando se logre retornar al espíritu de los «Padres de la Independencia» y se lleve a la práctica el lema de nuestra heráldica: «unidad, paz y justicia». Y para los que, a pesar de las sombras no pierden el «optimismo» y ven que todo marcha «viento empopa», ¡feliz 12 de octubre!