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«África Subsahariana»: un abuso del lenguaje

Con la expresión «África Subsahariana», cualquiera pensaría que África es el único continente exento de puntos cardinales, lo que está más lejos de la realidad. Se utiliza comúnmente para referirse a los países del continente africano que se encuentran al sur del Sáhara. 

El término ‘subsahariano’ —referido a los habitantes de los países situados al Sur del desierto del Sahara— es incorrecto, además de ofensivo. Supone, por su naturaleza, un abuso del lenguaje; como también lo serían expresiones como: «suprasahariano», «subalpino», «subandino», o «supralpino».

Si, por un lado, con «subsahariano» se hace referencia a la zona geográfica ubicada al sur del desierto del Sahara, el término correcto sería ‘Sursahariano’ (la b por la r). Nadie en su sano juicio dice ‘subeuropeo’ o ‘subamericano’. Por otro lado, si con el término se hace referencia a los habitantes de los países situados al Sur del desierto del Sahara, África no tiene por qué ser la excepción al uso de los puntos cardinales, que, como sabemos, son: norte, sur, este y oeste. Territorios y países con entidad propia más allá de un accidente geográfico. 

La expresión «África Subsahariana» es una ideología, un abuso del lenguaje. Alude a un territorio que no existe, además de conferir a los territorios que se encuentran al Sur del Sáhara una importancia de menor categoría, por considerar que se encuentran por debajo de todo lo demás. La expresión «subsahariana» implica una perspectiva de superioridad y una separación artificial entre el norte y el sur de África, además de perpetuar la idea de que África es un lugar homogéneo, ignorando la entidad, riqueza y diversidad étnica, cultural y lingüística del continente.

Zapatero, faro moral de la izquierda

Una mañana, sin que nadie lo anunciara, muchos en la izquierda española descubrieron que su referente moral se había convertido en otra cosa. El mecanismo recuerda al de Kafka: Gregor Samsa no se transforma en un instante; la metamorfosis ya estaba ocurriendo mientras dormía. Lo que cambia es el momento en que uno abre los ojos.

Durante años, Rodríguez Zapatero fue el hombre que retiró las tropas de Irak, que aprobó el matrimonio igualitario, que firmó la Ley de Memoria Histórica. Ese hombre existió. Pero existió al mismo tiempo que otro: el que en 2010 ejecutó los recortes más duros de la democracia española con el mismo Consejo de Ministros que había prometido blindar el Estado del bienestar, el que reformó el artículo 135 de la Constitución en pleno agosto, sin referéndum, pactando con el PP; el que años después ejerció de mediador y, según fuentes periodísticas, de lobbista ante regímenes que sus propios socios europeos consideraban incompatibles con los valores que siempre había defendido. La transformación no fue súbita. Fue gradual, silenciosa, e invisible para quienes habían creído en él desde el principio. 

Platón colocó a los prisioneros de su caverna de espaldas a la luz. No veían la realidad, sino sus sombras proyectadas en la pared. Lo perturbador de la alegoría no es la oscuridad: es la comodidad. Los prisioneros no quieren salir. La sombra de Zapatero —antifranquista, progresista, valiente, defensor de los derechos— era más habitable que la realidad de un político que había ido plegándose, una decisión tras otra, a las mismas lógicas de poder que decía combatir. La caverna no se impone, se elige. Y se elige porque la luz de fuera exige renunciar a certezas que resultan demasiado cómodas para abandonarlas.

Conviene precisar que ninguna de estas decisiones ha dado lugar a condena judicial alguna. Zapatero goza, como cualquier ciudadano, de presunción de inocencia, y nada de lo que se expone aquí pretende ser una acusación penal. La crítica es política y ética, no jurídica. Se refiere a elecciones públicas documentadas, a la distancia entre los valores invocados y las compañías frecuentadas, a la contradicción entre el discurso y la conducta. Que esas elecciones sean cuestionables no las convierte en delictivas. Pero tampoco las hace invisibles.

Sartre lo llamó mala fe: la mentira que no le decimos a los demás sino a nosotros mismos cuando fingimos que otro piensa en nuestro lugar. Estamos condenados a ser libres, escribió. No hay figura política, no hay faro suficientemente alto que nos releve de la responsabilidad de juzgar. Elegir un referente moral es también una elección. Y cuando esa elección suspende el juicio propio, es comodidad disfrazada de convicción.

La caverna no se impone. Se elige. Y esa elección tiene un nombre en Sartre: mala fe.

Nietzsche, en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, nos recuerda que las verdades son metáforas que hemos olvidado que son metáforas. El «líder progresista» fue siempre una narración construida, una ficción conveniente que la comunidad necesitaba más que al hombre real. No porque Zapatero fuera un impostor en todo: es que el relato lo requería completo, sin fisuras. Y esa completud exigía ignorar lo que no encajaba. Los recortes de 2010 no encajaban. Venezuela no encajaba. Las visitas a ciertos regímenes autocráticos sin exigencia pública de rendición de cuentas tampoco encajaban. Pero las metáforas útiles sobreviven a sus contradicciones. Eso es precisamente lo que las hace peligrosas.

Camus propuso la lucidez como única respuesta honesta al absurdo. Sísifo sabe que la roca volverá a caer. Eso no le libera de empujarla, le libera de la sorpresa. La izquierda que erigió  a Zapatero como faro moral tiene ahora que empujar su propia piedra, sin delegar el esfuerzo en ninguna figura redentora. Y hay algo liberador en eso, aunque duela: quien empuja su propia roca con los ojos abiertos no puede culpar a nadie cuando rueda hacia abajo.

Kant lo formuló como imperativo: sapere aude, atrévete a usar tu propia razón. La mayoría de edad moral no se alcanza cuando el referente falla; se alcanza cuando uno decide que no lo necesita para saber dónde está el límite. Ese límite no requiere filosofía: está en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Lo que el caso Zapatero deja, visto desde la distancia, no es tanto una lección sobre él como una pregunta sobre quienes lo erigieron. La pregunta no es cómo pudo caer tan bajo. Es cómo llegaron a necesitar que fuera tan alto. Esa necesidad —de un faro, de un referente, de alguien que piense la ética en nuestro nombre— es el verdadero problema. Y es, también, el único que cada uno puede resolver por sí mismo.

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