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«África Subsahariana»: un abuso del lenguaje

Con la expresión «África Subsahariana», cualquiera pensaría que África es el único continente exento de puntos cardinales, lo que está más lejos de la realidad. Se utiliza comúnmente para referirse a los países del continente africano que se encuentran al sur del Sáhara. 

El término ‘subsahariano’ —referido a los habitantes de los países situados al Sur del desierto del Sahara— es incorrecto, además de ofensivo. Supone, por su naturaleza, un abuso del lenguaje; como también lo serían expresiones como: «suprasahariano», «subalpino», «subandino», o «supralpino».

Si, por un lado, con «subsahariano» se hace referencia a la zona geográfica ubicada al sur del desierto del Sahara, el término correcto sería ‘Sursahariano’ (la b por la r). Nadie en su sano juicio dice ‘subeuropeo’ o ‘subamericano’. Por otro lado, si con el término se hace referencia a los habitantes de los países situados al Sur del desierto del Sahara, África no tiene por qué ser la excepción al uso de los puntos cardinales, que, como sabemos, son: norte, sur, este y oeste. Territorios y países con entidad propia más allá de un accidente geográfico. 

La expresión «África Subsahariana» es una ideología, un abuso del lenguaje. Alude a un territorio que no existe, además de conferir a los territorios que se encuentran al Sur del Sáhara una importancia de menor categoría, por considerar que se encuentran por debajo de todo lo demás. La expresión «subsahariana» implica una perspectiva de superioridad y una separación artificial entre el norte y el sur de África, además de perpetuar la idea de que África es un lugar homogéneo, ignorando la entidad, riqueza y diversidad étnica, cultural y lingüística del continente.

El Congo o la imposibilidad de imaginar diez millones de muertos

Ejecución de esclavos congoleños en Bakuti (Congo) (CC-Wikimedia, Fuente: The Congo and the founding of its free state; a story of work and exploration (1885), Henry Morton Stanley)

Ejecución de ESCLAVIZADOS congoleños en Bakuti (Fuente: The Congo and the founding of its free state; a story of work and exploration (1885), Henry Morton Stanley)

Hay una cifra que, al intentar evocarla, hace que la mente resbale y se estrelle: diez millones de muertos. Es la estimación más conservadora de las vidas exterminadas en el Estado Libre del Congo, la colonia personal del rey Leopoldo II de Bélgica entre 1885 y 1908. No fueron muertes «colaterales» de una guerra, fueron el producto metódico de un sistema diseñado para extraer hasta la última gota de riqueza: caucho y marfil. Para comprender este horror no basta con la historia; es necesario acudir a la filosofía, a lo que Günther Anders llamó el desnivel prometeico.

Anders señaló que la técnica moderna había abierto una brecha abismal: nuestra capacidad de producir efectos —exterminar, explotar a escala continental— ha superado con creces nuestra capacidad de representarnos y sentir esos efectos. Leopoldo II, desde su palacio de Laeken, jamás pudo —ni quiso— imaginar el sufrimiento concreto que generaban sus decretos. Firmaba documentos, estudiaba balances, evaluaba rendimientos. Y en esos papeles no había lágrimas, manos cortadas, aldeas incendiadas ni cuerpos agotados por el hambre. Había capital constante y plusvalor relativo.

Y aquí es donde fracasa nuestra imaginación. Podemos, quizá, representarnos el dolor de un hombre al que le amputan una mano. Podemos sentir indignación ante la fotografía de un niño esclavizado. Pero ¿cómo representarse diez millones de muertos? ¡Diez millones de personas asesinadas! Nuestro corazón —como advierte Anders— no está hecho para esa escala. El sistema colonial, prefiguración del capitalismo globalizado, lo sabía. Por eso convierte el crimen en estadística, el sufrimiento en «coste operativo» y el genocidio en una nota a pie de página del informe anual de dividendos. Es la banalización del mal que Arendt identificó en Eichmann, pero aplicada a un continente entero.

Esta colonización no terminó con las independencias. Se transformó. Cambió la bandera, pero mantuvo la lógica extractivista; cambió el discurso, pero no el desnivel entre el beneficio aquí y el sufrimiento allá. El capitalismo sigue siendo ese «metabolismo disparatado» que no podemos recorrer con la imaginación, pero del que sabemos que produce cadáveres. Hoy somos hijos de ese desnivel. Cuando compramos un teléfono móvil fabricado con coltán extraído en condiciones inhumanas en el Congo actual —ese mismo Congo— no podemos representarnos la cadena de sufrimiento que sostiene nuestro dispositivo. La estructura técnica y capitalista nos separa tanto del origen de los productos que nuestra acción cotidiana —comprar— y su efecto monstruoso —explotación, guerra, muerte— resultan emocional e imaginativamente irreconciliables.

¿Qué hacer ante esta imposibilidad de imaginar? El imperativo de Anders señala el camino: forzar la imaginación. Nombrar a las víctimas, contar historias concretas que rompan la estadística, cartografiar las cadenas de suministro, hacer visible lo invisible. Y, sobre todo, comprender que la lucha anticolonial y anticapitalista es, en esencia, una lucha por recuperar la capacidad de sentir a escala humana. Es una lucha por cerrar el desnivel prometeico.

África —ayer como hoy— sigue pagando el precio de un mundo que se dice racional, moderno y avanzado, pero que ya no sabe, ni puede, ni quiere imaginar el sufrimiento que produce.

 

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