A propósito de la visita del presidente de Senegal a España
El 25 de marzo de 2026, el rey Felipe VI recibió en el Palacio Real al presidente de Senegal, Bassirou Diomaye Faye, en su primera visita oficial a España. En el brindis del almuerzo, el monarca pronunció una frase que, sin tal vez pretenderlo, ilustra con exactitud lo que ya denunciamos en este blog hace tres años: «Senegal se convierte así en el primer país de África Subsahariana que es socio estratégico de España». Una frase de amistad, una frase de futuro y, sin embargo, una frase que, en el mismo acto de celebrar a Senegal, lo sigue nombrando desde la geografía de la inferioridad. Porque España tiene ya socios estratégicos en África —Egipto y Marruecos— y ninguno es presentado como «el primer país del norte de África» en alcanzar ese rango. Son, simplemente, socios estratégicos. Senegal, en cambio, aparece como portavoz de una categoría residual. Si España firmara mañana una asociación estratégica con Portugal, nadie diría que es «el primer país de la Europa Suprapeninsular» en conseguirlo. El absurdo solo se vuelve invisible cuando quien lo padece tiene menos poder para señalarlo.
La lengua no es inocente, y los pensadores decoloniales llevan décadas diciéndolo. Achille Mbembe, en Crítica de la razón negra, denuncia que el colonialismo sobrevive en las categorías con las que Occidente sigue nombrando y ordenando el mundo: África ha sido históricamente construida como espejo invertido de Europa, definida no por lo que es sino por lo que le falta. Frantz Fanon ya lo había anticipado en Los condenados de la tierra: la colonización no solo ocupa territorios, ocupa también el lenguaje, y el colonizado aprende a nombrarse con las palabras del colonizador, palabras que llevan dentro una jerarquía. Walter Mignolo lo llama la herida colonial: la marca que deja en los pueblos el hecho de haber sido nombrados y clasificados por otros. El Sahara convertido en frontera civilizatoria —y no meramente geográfica— el prefijo sub no indica una dirección cardinal, indica una posición en una escala de valor que nadie ha votado pero todos reproducen.
A esta tradición cabe añadir una voz más cercana. La filósofa valenciana Adela Cortina, en su ética del reconocimiento, sostiene que la dignidad no se limita a no ser dañado físicamente: incluye el derecho a ser reconocido como sujeto pleno, con nombre propio, con historia particular, con identidad irreductible a categorías externas. Negar ese reconocimiento —aun sin violencia explícita, aun con buenas intenciones— es una forma de injusticia. Cuando Felipe VI presenta a Senegal como «el primer país de África Subsahariana» en ser socio estratégico de España, comete exactamente ese déficit que describe Cortina: Senegal no es recibido como Senegal, sino como representante de una categoría ajena que lo diluye en un conjunto heterogéneo de más de cuarenta países con lenguas, historias y culturas radicalmente distintas. Es el reconocimiento a medias, el elogio que lleva dentro su propia condescendencia.
La visita de Faye a Madrid es, en sí misma, una buena noticia: 65 años de relaciones diplomáticas, cooperación en agua, agricultura y educación, 180 millones de euros comprometidos hasta 2030. El presidente senegalés habló de valores compartidos y de multilateralismo; el rey reconoció que «la voz de África está llamada a tener cada vez más peso en la geopolítica global». Todo eso merece ser celebrado. Pero precisamente porque la visita quiere marcar un hito, conviene preguntarse qué clase de hito es uno que, al nombrarse, reproduce la jerarquía que dice querer superar. Mbembe, Fanon, Mignolo, Cortina: pensadores de tradiciones distintas que convergen en lo mismo. El reconocimiento pleno del otro no empieza en los acuerdos que se firman ni en el dinero que se compromete. Empieza en cómo se le nombra. Senegal no es «África Subsahariana». Senegal es Senegal. Y eso, en el lenguaje de la diplomacia y de la ética, debería ser suficiente.