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«África Subsahariana»: un abuso del lenguaje

Con la expresión «África Subsahariana», cualquiera pensaría que África es el único continente exento de puntos cardinales, lo que está más lejos de la realidad. Se utiliza comúnmente para referirse a los países del continente africano que se encuentran al sur del Sáhara. 

El término ‘subsahariano’ —referido a los habitantes de los países situados al Sur del desierto del Sahara— es incorrecto, además de ofensivo. Supone, por su naturaleza, un abuso del lenguaje; como también lo serían expresiones como: «suprasahariano», «subalpino», «subandino», o «supralpino».

Si, por un lado, con «subsahariano» se hace referencia a la zona geográfica ubicada al sur del desierto del Sahara, el término correcto sería ‘Sursahariano’ (la b por la r). Nadie en su sano juicio dice ‘subeuropeo’ o ‘subamericano’. Por otro lado, si con el término se hace referencia a los habitantes de los países situados al Sur del desierto del Sahara, África no tiene por qué ser la excepción al uso de los puntos cardinales, que, como sabemos, son: norte, sur, este y oeste. Territorios y países con entidad propia más allá de un accidente geográfico. 

La expresión «África Subsahariana» es una ideología, un abuso del lenguaje. Alude a un territorio que no existe, además de conferir a los territorios que se encuentran al Sur del Sáhara una importancia de menor categoría, por considerar que se encuentran por debajo de todo lo demás. La expresión «subsahariana» implica una perspectiva de superioridad y una separación artificial entre el norte y el sur de África, además de perpetuar la idea de que África es un lugar homogéneo, ignorando la entidad, riqueza y diversidad étnica, cultural y lingüística del continente.

La madurez moral no se delega

Sobre el riesgo de convertir a otro en la brújula de uno mismo

Hay una frase que aparece con cierta frecuencia cuando una figura pública cae en desgracia: «era mi referente», «era mi faro moral». La frase revela, sin quererlo, algo más perturbador que la traición del referente. Revela que alguien había subcontratado su brújula ética. Y eso es un problema que precede a cualquier decepción.

Si analizamos la imagen misma, tenemos que un faro orienta desde fuera. Está ahí, fijo, y uno navega mirándolo. Es una metáfora útil para la navegación, pero trasladada a la ética produce un efecto curioso: si el faro se apaga, uno se queda sin rumbo. La pregunta que habría que hacerse es ¿por qué alguien construyó su orientación moral en torno a una luz externa en lugar de desarrollar su propia capacidad de ver en la oscuridad?

Kant y la mayoría de edad que nadie quiere cumplir

Para responder a esta pregunta Kant abrió su célebre ensayo ¿Qué es la Ilustración? con una definición todavía actual: la minoría de edad es la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la guía de otro. Y añadía que esa minoría de edad es en muchos casos voluntaria. No es que no podamos pensar por nosotros mismos. Es que es más cómodo no hacerlo. Esta heteronomía moral —el término técnico para designar el hecho de regirse por una ley que viene de fuera en lugar de la propia razón— no es solo un error intelectual. Es, en términos kantianos, la renuncia a la condición de sujeto moral pleno. Quien delega su brújula ética en otro no está siendo humilde ni leal: está eludiendo la responsabilidad que implica juzgar por cuenta propia, equivocarse por cuenta propia y responder por ello.

El faro ajeno tiene, además, un atractivo específico: externaliza la responsabilidad. Si el referente se equivoca, el seguidor puede presentarse como víctima. Si el referente acierta, el seguidor comparte el mérito de haberle elegido. Es una posición cómoda que, sin embargo, tiene un precio: la propia agencia moral queda en suspenso durante todo el tiempo que dure la devoción.

El caso Zapatero: cuando el faro deja de alumbrar

José Luis Rodríguez Zapatero fue, para una generación entera de la izquierda española, algo más que un presidente. Fue un proyecto moral. La retirada de las tropas de Irak, la ley de matrimonio igualitario, la Ley de Memoria Histórica: decisiones que construyeron una imagen de líder comprometido con causas que iban más allá del cálculo electoral. Muchos le convirtieron, explícita o implícitamente, en su faro. Y ahí comenzó el problema; no en él, sino en ellos.

Porque lo que vino después estaba también a la vista, aunque costara mirarlo. El giro de austeridad de 2010 y 2011 —el recorte de salarios de los funcionarios, la congelación de pensiones, la reforma exprés del artículo 135 de la Constitución pactada con el PP en pleno agosto— contradijo de manera tan frontal el programa con el que había ganado las elecciones de 2008 que difícilmente podía leerse como un ajuste táctico. Era una ruptura. Quienes tenían su brújula propia lo vieron. Quienes habían prestado la suya a Zapatero buscaron explicaciones.

Luego llegó Venezuela. Desde 2016, Zapatero asumió el papel de mediador entre el régimen de Nicolás Maduro y la oposición venezolana, un rol que fue criticado con creciente dureza no solo desde la derecha española sino desde organizaciones de derechos humanos, desde la propia socialdemocracia europea y desde voces históricas de la izquierda latinoamericana. Sus comparecencias junto a Maduro, sus declaraciones minimizando la represión, su silencio ante las cifras de presos políticos y emigración forzada: todo ello generó una disonancia cada vez más difícil de sostener para quienes habían hecho de él un referente precisamente en materia de derechos humanos.

Y sin embargo, una parte importante de su base tardó años en actualizar el juicio. No porque los hechos no estuvieran disponibles, sino porque actualizar el juicio sobre el faro obligaba a actualizar el juicio sobre uno mismo: sobre la confianza depositada, sobre las causas defendidas bajo su paraguas, sobre la propia identidad política construida en torno a esa figura. Eso duele más que cualquier decepción ordinaria, y por eso se pospone.

Fanon y la psicología de la dependencia

Frantz Fanon lo analizó desde otro ángulo, más político y más visceral. En los contextos coloniales y poscoloniales, observó cómo las poblaciones históricamente subordinadas tendían a reproducir estructuras de dependencia incluso cuando se liberaban formalmente de ellas. El líder redentor —el que piensa, el que encarna la causa, el que es bueno en nombre de todos— cumple una función psicológica que va más allá de la política: proporciona identidad colectiva y descarga de la angustia de decidir.

No hacía falta un contexto colonial para que ese patrón se activara. Fanon lo veía reproducirse en cualquier movimiento que articulara su cohesión en torno a una figura central en lugar de en torno a una conciencia colectiva distribuida. El problema no era el líder en sí, sino la estructura que lo convertía en indispensable. Cuando esa figura caía, el movimiento no sabía qué hacer con su propia orfandad porque nunca había aprendido a caminar sin ella.

Hay algo en esa descripción que resuena con la desolación de quienes hoy confiesan que Zapatero era su faro moral. La desolación es real y merece respeto. Pero también señala una fragilidad previa: la de quien construyó su arquitectura ética sobre un cimiento que no controlaba.

El consuelo falso de la tribu virtuosa

Existe una variante colectiva de este fenómeno que merece atención aparte. No siempre se delega la brújula moral en una persona concreta: a veces se delega en un grupo, en un partido, en un movimiento, en una causa. La lógica es similar. «Nosotros somos los buenos» es una proposición que, cuando se acepta sin examen, produce el mismo efecto que el faro individual: suspende el juicio crítico y convierte la pertenencia en sustituto de la reflexión.

La asimetría en el rasero crítico —más exigente con los adversarios que con los propios— no es solo un fallo intelectual. Es el síntoma más claro de que la moral ha sido subcontratada al grupo. Y como todo lo subcontratado, cuando falla, uno descubre que no tenía las herramientas para repararlo.

Ser faro de uno mismo

La alternativa no es el cinismo ni la desconfianza sistemática hacia cualquier figura pública. Es algo más exigente y más interesante: desarrollar la capacidad de admirar sin abdicar. Reconocer la valía intelectual o moral de alguien sin convertirla en criterio sustitutivo del propio juicio. Tomar lo que ilumina y seguir caminando con luz propia. Esto implica asumir una incomodidad que la figura del faro precisamente evita: la de no saber con certeza si uno está en lo correcto. La madurez moral no produce seguridad; produce responsabilidad. Y hay una diferencia enorme entre las dos. La seguridad que da el faro ajeno es prestada y, por tanto, revocable. La responsabilidad que nace del juicio propio es incómoda, pero es de uno.

Hay una práctica concreta que ayuda: preguntarse, ante cualquier posición que uno sostiene, si la sostendría igual si la defendiera alguien del bando contrario. Es un ejercicio simple y casi siempre revelador. La respuesta honesta a esa pregunta dice más sobre la propia autonomía moral que cualquier declaración de principios.

La decepción como oportunidad

Termino con esto, que me parece lo más útil que puede extraerse del desencanto que muchos sienten hoy al revisar la figura de Zapatero. La decepción, cuando es honesta, es una oportunidad filosófica. Señala el lugar exacto donde uno había dejado de pensar por sí mismo. Y señalarlo es el primer paso para recuperar ese territorio.

El faro que se apaga no nos deja en la oscuridad si, durante todo el tiempo que estuvo encendido, fuimos también desarrollando nuestra propia visión nocturna. El problema es cuando el faro era tan cómodo que no nos molestamos en hacerlo. Ese es el error que vale la pena no repetir, independientemente de quién lo protagonizara y de qué causa representara.

Cada uno debe ser, en la medida de lo posible, faro moral de sí mismo. No porque los referentes sean siempre impostores, sino porque la orientación ética que no pasa por la propia razón no es, en sentido estricto, orientación. Es deriva con buena compañía.

 

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